Un día, por razones infestas y nefastas, comencé el día a las 7 a.m. El horror.
Para algunas personas el simple hecho de que estés caminando por la calle a las 8 a.m. un día ubicado bien en el medio de la semana ya es símbolo más que suficiente de que sos una persona respetable. Por ejemplo: ese día me crucé con la madre de una ex saliente, que me odia profundamente. Con la hija todo bien, somos buenos amigos, pero la mamá me odia. No es conmigo la cosa: odia a todo el universo conocido. Es amarga por naturaleza, nació con jugo de limón por saliva y vinagre por flujo vaginal. Pues bien, fue verme a esa hora, a las ocho de la matina, y su amabilidad fue sorprendente (temible, diría también). Un clarísimo mensaje que decía: “muy bien atorrante, ahora sí, sos un hombre de bien. No es que me equivoqué, siempre fuiste un vago, solo que ahora no. Ahora me estás dando la razón. Muy bien”. Todo eso decía su despreciable cara.
Esclavirtud: la virtud de despertarse temprano.
Cuanto más gris sea el día, y más temprano sea, más respetable eres. Si llueve mejor; y ese día llovía, así que imaginaos mi grado de respetabilidad aquella mañana.
Como si no se pudiera ser un hijo de puta pelotudo a las 7 a.m. un miércoles de lluvia.
Yo lo soy. La amargura que tengo a esa hora solo me permite ser feliz luego de las 13hs más o menos. Por eso creo que uno de los piques de la vida para ser feliz es despertarse después del mediodía, porque también creo que si hay algo peor que fumarse el sol y los buenos días de la gente cuando uno vuelve a su casa luego de explotar la noche, es despertarse temprano y fumarse los buenos días cuando aún es de noche.
Los buenos días son cada vez menos bienvenidos.
Cuando despierto antes de que amanezca, siento esa terrible sensación de soledad; tengo la idea de que soy el único pelotudo despierto a esa hora en todo el vaginal y conchudo planeta, la hora en la que nadie parece estar con los ojos abiertos excepto yo, cuando el buen humor es un cuento de hadas, cuando el sol aún es una promesa (ni siquiera de las mejores), cuando tus sueños te piden que te quedes y el despertador te grita que es tiempo de irte.
Esa hora en la que todo debería ser cualquier cosa menos eso.
Peor que las cinco en sombra de la tarde.
Una vez, volvía de la joda del viernes, así que técnicamente era sábado a las 7 a.m. Faltando unas cuadras para llegar a casa, veo a una vecina (hermosa vecinita) que viene en dirección opuesta. Se acerca para saludarme, y mirando a su alrededor dice “somos los únicos”. Uno miraba el mundo y parecía que no hubiera nadie vivo excepto nosotros; yo volviendo y ella saliendo. Sin embargo yo no sentía eso, lo noté cuando me lo dijo. Pero ella sí, porque la soledad es cuando son las 7 a.m. y vos te despertás, no cuando son las 7 a.m. y uno va camino a dormir. Aunque sea la misma hora del mismo día, para ella eran las siete de la mañana de un sábado de mierda y para mí las siete de la mañana de la noche de un viernes genial. Sospecho una soledad innata a la que es condenado todo aquél que deba abrir los ojos antes del mediodía.
Bukowski me dijo una noche de copas que nadie puede ser feliz despertándose todos los días a las 7 a.m., y yo le creí.
Por eso pienso también que el día de los difuntos conmemora el día de aquellos que madrugan. A esa hora nadie está vivo, todos somos zombies, lo he visto. Algunos persisten en seguir zombies luego del mediodía: los idiotas. Y por culpa de eso, entre otras cosas, vivimos en pleno apocalipsis zombie: Por madrugar.
Un mundo feliz seguro sería un mundo en el que todos despertaran con el sol ya bien en lo alto, sin vecinos que martillen a las nueve de la mañana, que taladren, o que te corten el pasto, todo un día domingo cuando hace un par de horas que te acostaste porque en lugar de dormir el sábado decidiste ser feliz un rato, no optaste por levantarte tempranito el domingo para hacer cosas útiles para el hogar. Me cago en la utilidad que hipoteca mi felicidad contemporánea. Me cago, en la mía y en la del vecino que no me deja dormir. Sobre todo en la del vecino.
La mierda que apesta el mundo en parte existe porque la gente madruga. No puede nunca existir un mundo medianamente feliz habitado por gente que se despierta antes del mediodía. Estamos condenados al mal humor.
Entonces uno se despierta antes del mediodía, camina por el mundo, y el mundo antes del mediodía te reconoce como un igual: en el ómnibus, en la calle, en la panadería, desconocidos todos, pero colegas del sufrir, te reconocen como un compañero en el dolor de estar despierto a esa hora. Todos tiramos para el mismo lado, bien vos, bien nosotros. Tampoco te van a sonreír, sería absurdo que a alguien se le ocurriese ser feliz a esa hora. Sin embargo yo los miro con asco, les encanta su hora tempranera, su frío, su poco sueño, el sufrimiento en general.
A mí no.
Por eso no me gusta que me vean como a un igual. Los desprecio. A mí me gusta buscar las formas que me hagan la vida lo más fácil posible. A ellos les encanta sufrir y complicarse. Entienden que si no la luchan, la sufren, la pelean, no están viviendo, están perdiendo el tiempo.
Yo solo quiero dinero y tiempo libre, para poder decidir en qué usar y aprovechar ese tiempo que es mi vida, en lugar de lucharlo, pelearlo y sufrirlo.
Una vez que quedé sin laburo, alguien me dijo como consuelo “no te preocupes, ya vas a conseguir otra cosa”. ¿Me estás jodiendo? ¿ese es tu deseo, condenarme a trabajar? ¿por qué carajo no me deseó ganar la lotería ocho veces seguidas, yo solo? ¿quién le informó que me gusta trabajar? ¿acaso a alguien le gusta trabajar de lo que no le gusta? Si puedo tener la plata directamente (sin quebrantar la ley, ya bastante lo hice toqueteando menores de 18 y mayores de 16 para que no se escandalicen tanto), ¿para qué carajo quiero madrugar y estar metido ocho horas en cualquier cosa con una hora de descanso en el medio con el único fin de ganar plata para vivir? Dame derecho la plata y me dedico a trabajar con otros fines que no sean el dinero en sí, sino el arte que es lo que me apasiona. Me paso finalmente toda mi vida escribiendo, sacando fotos, música hasta el infinito, coger y amar, tiempo con amistades y no con público en general, jefes, subordinados y compañeros de esclavirtud (no confundir con esclavitud, que es trabajar por nada, esto es esclavirtud: la virtud de trabajar por dinero, la virtud de madrugar, de sufrir por un futuro, funciona también para los que estudian toda su vida, cortesía del diccionario mundifinista) en lugar de tener que perder el tiempo la mitad del día todos los días haciendo otra cosa para poder seguir vivo un rato más para al final, por allá por ese rincón que te queda en tu tiempo libre, dedicarte finalmente a lo que te hace feliz.
Soy espantoso matemáticamente, pero haré el intento: si de 7 días a la semana tenés uno y medio libre, según mis cálculos, viviendo 70 años, 14 serían tus años libres. Y si le agregamos un mes de licencia por año, viviste 19 años, el resto de tus 51 años de vida los pasaste en el laburo. No tengo que ser bueno en matemáticas esta vez para notar que el tiempo que tengo para ser libre es menos de la mitad de mi vida, bastante menos (por favor, apelo a cualquiera de vosotras que tenga más noción de números para corregir esto si lo que digo está mal calculado).
Esclavirtud.
Ok, seamos generosos y sumémosle diez o quince años ya jubilado. Llegamos a un óptimo 34, casi casi la mitad. Solo que me recontra cago en los últimos quince años de mi vida, porque los mejores son los pimeros 25 años de vida, un poco más si el concepto es mientras se te pare la poronga. Descontemos lo que no es vivir: días enteros haciendo trámites, enfermos, accidentados, en velorios o lo que es peor: en cumpleaños aburridos. Ya es más difícil sacar un cálculo con esto pero basta saber conque resta libertad y suma esclavirtud.
Esclavirtud.
Pero cuidado, a no confundir con que me gusta hacer todo a la ligera y que nada me la complique. Cuando escribo, por ejemplo, no vomito todo de un tirón y publico.
Jamás.
Laburo cada cosa, la leo varias veces, le agrego, le quito, puedo estar una hora o más con algo que tenga tres párrafos. Pero ese fruto de ese trabajo es una cosa, el otro, es reventarse para conseguir plata que a su vez te conseguirá otras cosas. Demasiados intermediarios para mi gusto.
No veo mal que un arquitecto esté años laburando su proyecto, es lo suyo, es lo que le gusta y lo que quiere. (ADVERTENCIA DE CASO REAL) Lo que aborrezco hasta el hartazgo es que una psicóloga termine trabajando como reponedora en un súper porque no encuentra laburo en su rubro (pero gracias a Dios que trabaja: eslcavirtud). Ese tipo de trabajo fuera de contexto es lo que considero una pérdida de tiempo peor que estar mirando el techo todo el día. Un desperdicio de años de estudio que le quitaron vida a esa persona que al final no puede trabajar de lo que estudió (no digo de lo que le gusta porque eso ya es mucha suerte). Más o menos le pasa lo mismo a miles de personas en España en este momento en el rubro del periodismo. Lean un poco y confirmarán el quilombo que hay de gente que no puede trabajar en un programa deportivo en televisión o radio, o ni siquiera publicar en medios escritos del rubro, luego de haber estudiado años comunicación, porque en su lugar hay un ex jugador de fútbol que cobra el doble o más que cualquier periodista capacitado para eso (los periodistas ineptos son otro tema, y de eso en Uruguay y Argentina hay de sobra).
Esclavirtud.
Por eso odio la mañana y a los seres que la habitan. No me miren como un igual. Ustedes están muertos de sueño, y muertos de sueños. Estoy despierto a esta hora por culpa de ustedes. Si todos nos despertáramos luego del mediodía no tendría sentido madrugar porque sería lo mismo que abrir una mueblería de tres a cinco de la mañana.
Si el mundo fuera dominado por vagos, sería un caos, un (otro) apocalipsis, otra muerte llamada vida… pero dormiríamos hasta el mediodía (pasando el), al menos todas las madrugadas serían nuestras.
Igual esto es una simple constancia, no una carta de quejas. Solo quiero dejar constancia que no vivo engañado en la falsa (escla)virtud de abrir los ojos cuando aún no salió el sol. Notifico que estoy enterado que la mierda es una mierda, y que por lo tanto me importa una mierda la mierda porque sigo saliendo de joda, cogiendo, amando, escribiendo, viviendo con énfasis y no con sueño, a pesar de todo esto.
La salida a este laberinto es multiplicar el poco tiempo que tenemos cuando no trabajamos. Hacer que una noche sean muchas noches, todas las noches posibles. Que ese vaso de Jack sea el mejor de todos, ahora y siempre. Que la hora se olvide de nosotros porque ya no nos preocupamos por ella. Que besemos la madrugada en los labios de la belleza, nos bañemos en los ojos de ese bombón a punto de ser comido, saboreando cada segundo el chocolate de su alma que besaremos, morderemos y chuparemos con deleite, nuestro y del bombón.
Besar y ser besado. Chupar y ser chupado. Coger, reír, gritar, bailar y cantar sin ser un hippie pelotudo, tampoco exageren no sean conchudas.
Trabajar trabaja cualquiera, pero no cualquiera es feliz.
La salida al laberinto de la esclavirtud es una sonrisa, es sus ojos claros, su voz de seda, el exceso para equilibrar la mesura rutinaria.
Si un viernes y/o un sábado chupamos whisky por toda la semana junta, entonces vale como si hubiéramos estado en pedo siete días.
Lo mismo vale para coger, y para eso me ofrezco, saben que cualquier cosa que precisen, hermosas y no-vírgenes damiselas, cuentan conmigo (gesto obsceno).
Opiobook: Acostumbrado al fin del mundo